jueves, 9 de octubre de 2014

Pobre Francia: de la grandeza a la ridiculez

Nadie podrá dudar que el general Charles de Gaulle fue la figura cimera de la política francesa del siglo XX. Nadie podrá dudar que siempre se ubicó en la derecha política. Creó la Francia Libre, para además de enfrentar a las fuerzas hitlerianas que ocuparon su país, fuera una alternativa a los guerrilleros comunistas y socialistas que en la campiña y en las ciudades francesas enfrentaban desde la clandestinidad a la bestia nazi. Después de la derrota del fascismo y la liberación de Francia enfrentó y derrotó a los candidatos de la izquierda hasta que en 1969 fue vencido en un referéndum, presentó su dimisión y se retiró de la política. Fue el enterrador de la putrefacta IV y fundador de la V República (cualquier similitud con otros países es pura coincidencia). Pero, ante todo, el general De Gaulle fue un gran patriota, que amaba a su país.


El pensamiento político de Gaulle en materia internacional se sustentaba en tres aspectos:

1. La consideración de que la amistad franco alemana debía ser el eje sobre el cual había que construir la Europa del futuro. Esto, a pesar de la añeja rivalidad entre los dos países y de que Francia venía saliendo de dos guerras mundiales en las que fue atacada e invadida por el país germano.
2. La necesidad de evitar que Gran Bretaña fuera la potencia preeminente de Europa. Esto, a pesar que esa había sido, en la recién finalizada guerra, sustento fundamental para su patria ocupada, lugar donde fundó la “Francia Libre” y en la cual se refugió después de la entrada de las tropas nazis en su país.
3. La obligación de terminar con la hegemonía de Estados Unidos en los asuntos europeos



De Gaulle fue más allá. En su propuesta de crear la “Europa de las Patrias” expuso su firme oposición a aceptar el monopolio estadounidense para el uso de armas nucleares en el seno de la OTAN y también su firme obstrucción a que Gran Bretaña integrara la Comunidad Económica Europea. Incluso, era tan receloso de la hegemonía estadounidense que, posteriormente se propuso convertir en oro, las reservas francesas en dólares.

Pensaba –con razón- que la seguridad de Europa debía ser responsabilidad de los europeos, no de una potencia extra continental y por ello se propuso fortalecer las fuerzas militares francesas y reducir los vínculos de su país con la OTAN, por ello, Francia jamás integró el componente militar de la alianza. De Gaulle no quiso subordinar las Fuerzas Armadas de su país al mando estadounidense. Esto, a pesar que Estados Unidos jugó un papel fundamental en la liberación de Francia de la Alemania de Hitler.

Ningún presidente francés de la V república, de derecha o de izquierda se atrevió a quebrar esa norma que se insertaba en lo que se llamó Doctrina De Gaulle y que se llegó a inscribir en orgullo e identidad del pueblo francés.

Pasaron 43 años, hasta el momento que un presidente galo se arrodilló ante Estados Unidos. En un discurso pronunciado en la Escuela Militar de París el 11 de marzo de 2009, Nicolás Sarkozy, informó su decisión. En un atisbo de su mala conciencia se preguntó "¿Quién puede saber lo que habría hecho hoy De Gaulle?”.

A continuación trató de justificarlo con explicaciones, -más para tranquilizar su conciencia que para explicárselo al humillado pueblo francés-, cuando incluso diputados de su propio partido rechazaron sus argumentos. Aseveró que, “Francia conservará su independencia” pero terminó implorando credibilidad al afirmar que "Las Fuerzas Armadas son y seguirán siendo nacionales. No podrán integrarse en ningún Ejército supranacional del que perdamos la responsabilidad. Además, nadie quiere eso".

Extendió su alegato, "Conservaremos nuestra fuerza nuclear de forma independiente y conservaremos nuestra libertad de opinión a la hora de enviar tropas" y concluyó a la defensiva diciendo que afirmaba “solemnemente que los que aseguran que nuestra independencia se verá mermada, engañan a los franceses”.



El 2 de abril de 2009 se celebró una reunión de la OTAN en las ciudades fronterizas de Kehl (Alemania) y Estrasburgo (Francia), separadas por el Rhin. Allí, Sarkozy oficializó la petición francesa de reingresar en el mando integrado de la Alianza. Fue 60 años después de la creación de la OTAN y 43 desde que De Gaulle envió una carta al presidente estadounidense Lyndon Johnson comunicándole que Francia se apartaba del "núcleo duro" de la OTAN, conminándole a que retirara las bases norteamericanas de territorio francés.

A partir de ese momento cual estrella de una película bélica, Sarkozy desató anuncios que alimentaban su necesitado ego mediático: Francia envió un nuevo batallón con 800 soldados al este de Afganistán, el país asumió la comandancia de la región centro durante un año a partir del verano de 2009, lo que significó un mayor aporte de efectivos a esa “causa” y se ufanó de que "llegará el momento de tomar las decisiones necesarias para que Francia tome todo el lugar que le corresponde en las estructuras de la OTAN” . Hasta cuando llegara este momento, subrayó su determinación de "trabajar de la mano de todos los socios europeos para dar un nuevo impulso a la Europa de la defensa". Lo que no dijo es que esa Europa de la defensa de la que hablaba estaría en manos de Estados Unidos, idea contraria a la que el visionario General De Gaulle soñara para su país.

Remató exponiendo su orgullo por la subordinación de Francia a Estados Unidos, al agradecerle a George Bush "el apoyo vigoroso que acaba de dar a esta iniciativa". Y en un anunció que hizo remover a De Gaulle en su tumba anunció orondo que la iniciativa de EEUU de colocar un escudo antimisiles en Europa "contribuye a la seguridad de los aliados". Pobre General de Gaulle.

Así las cosas, llegó 2011 y con ello el momento de invadir a Libia. La película de sometimiento de Francia a la OTAN debía seguir un derrotero diferente para tratar de salvar su honor. Sarkozy se propuso jugar el papel más importante, incluso se adelantó a Estados Unidos en los bombardeos a las ciudades libias. Se reunió con sus cófrades, los mismos que generaban dudas a De Gaulle, Gran Bretaña y Estados Unidos y acordaron que "la OTAN debería desempeñar un papel clave en la estructura de mando en el futuro".

Al respecto, el gobierno francés propuso crear una "dirección política" de la intervención en Libia, sin excluir que las operaciones se apoyen en los medios militares de la OTAN. El ministro de Asuntos Exteriores, Alain Juppé, explicó que la iniciativa, “que se concretaría con reuniones de los Estados participantes y la Liga Árabe, partió del presidente Nicolás Sarkozy. Juppé sostuvo “que la intervención sería ‘breve’, un deseo en el que coincide Francia con Estados Unidos, dijo. El ministro insistió en que en el caso de Libia ´no habrá intervención en tierra’ porque la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU que abrió la vía a la creación de una zona de exclusión aérea sobre ese país no lo autoriza”.

Aunque Francia quisiera competir con Estados Unidos en cantidad de invasiones simultáneas, el canciller aclaraba que no habría intervención en tierra porque –imaginamos- sus tropas se encontraban ocupadas en la incursión en Costa de Marfil y el genocidio contra ese pueblo, esta vez con el aval y la conducción del Secretario General de Naciones Unidas, Ban ki Moon.

Como toda puesta en escena, esta obra tendría su capítulo final: el ridículo de Francia y su presidente. Ahora, en voz de su ministro de defensa, Gérard Longuet, se escuchó una amarga queja en la Asamblea Nacional de Francia porque el país y el Reino Unido estaban soportando “lo esencial de este esfuerzo, aunque Estados Unidos siga aportando un apoyo de ámbito aéreo indispensable, pero ya no es hoy un apoyo de ataque en tierra, sin el cual no es posible aflojar el cerco que pesa sobre ciudades asediadas como Misrata o Zenten”,

El Canciller de Sarkozy, -en su desesperación- y sin dar más detalles, apeló a que el Secretario General de la OTAN Anders Fogh Rasmussen “cumpla su palabra con hechos” pues Francia “es el mayor contribuyente a la misión y ha animado a los otros aliados a seguir sumando recursos”.

Con su metro y 67 centímetros Napoleón llevó a Francia a la grandeza y al respeto de las potencias. Con su metro 65, Sarkozy la ha llevado a la ridiculez y a la dimensión de su propia estatura. Pobre Francia. 

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