viernes, 10 de octubre de 2014

Desconfianza

Luego de ver como ha avanzado la película de esta historia reciente de Venezuela, resalta la figura de una protagonista, alimentada del miedo, los prejuicios y la incertidumbre: la desconfianza. Se ha instaurado en el país, como una hiedra que lo va abarcando todo.

Desde el poder del Estado se le alimenta diariamente, con religiosidad, es una tarea en la cual son muy eficaces.  Etiquetar, colocar apodos, crear enemigos, batallas, colocar en estado de sospecha a todo ciudadano. Es la ecuación de restar y dividir; de poner obstáculos a la comunicación y a las relaciones que de manera natural se deberían dar en una sociedad.

Los hombres libres o los que al menos así se asumen, pueden enfrentarse con más herramientas al miedo que les genera desconfiar.  Por eso, cuando se van suprimiendo libertades aumenta la desconfianza y van creciendo los muros que impiden las relaciones.  No hace falta construir el muro de Berlín para dividir a un país. La invisible pared de la desconfianza es quizás más poderosa.

En el estado actual de sospecha, ahí sí cabemos todos. Se sospecha del ciudadano que con su dinero adquiere divisas para viajar, cubrir gastos de salud o educación. Es culpable hasta que demuestre lo contrario, en este caso, el uso "correcto" de sus divisas. Si no me cree la muchos de nuestros policias son estudiantes de derecho y preactican el "eres culpable hasta demostrar lo contrario".

Sospechamos de cosas tan básicas, que la desconfianza se metió en nuestras casas. Los niveles superan la capacidad de asombro y es así como podemos dudar de la integridad de una persona que lleva entre sus bolsas de mercado cinco paquetes de harina de maíz o seis litros de aceite  ¿De dónde las sacó? ¿A quién le pagó? ¿Está revendiendo?  Lo mismo pasa con quien viaja con su familia fuera del país; el vecino que se compró un carro 0 kilómetros.  La rutina del país se ha transformado en algo opaco; desde ir a un mercado por un pollo hasta tramitar permisos ante un ente público, termina siendo un hecho poco transparente. Obviamente de quienes mas debemos de desconfiar es de los medios de la mentira, ya acostumbrados no solo a mentirnos el 28 de dicviembre sino los 365 y 366 días del año.

Y si se trata de política, la desconfianza crece, un éxito para quienes han atizado la polarización durante estos 15 años. Solo el que piensa igual, casi con exactitud, es el único digno de tener mi confianza; y ahí nos encerramos en un espacio cada vez más pequeño.  A fin de cuentas, desconfiar es anticiparse al hecho, es juzgar por adelantado y en eso nos hemos ido especializando. Además, nada más fácil que hacerlo con el hecho político.

Nos encontramos con una dirigencia atrapada en la desconfianza. En ese contexto, la oposición sigue sin ser alternativa y básicamente porque no se ha ganado la confianza ni de unos ni de otros. El germen de la desconfianza ha ido ganando terreno, incluso entre quienes comparten ideales.  Y cada paso de la dirigencia es momento oportuno para que aparezcan las tesis que denuncian intenciones veladas de cada grupo. Ninguno gana, todos pierden y crece la sospecha. No hay diálogo, no hay salida, lo que hay es incertidumbre.

Pero como la hiedra crece, también ha tomado el terreno del Gobierno.  La desconfianza se le ha ido metiendo en los huesos a sus seguidores. (Según Consultores 21, 56,5% de los ciudadanos consideran que las decisiones tomadas por el Gobierno provocarán que "empeore la situación").  Son momentos de opacidad, de estado general de sospecha, y en este contexto el ciudadano se va quedando huérfano, con sus miedos y con la incertidumbre clavada en el pecho.  Crispados, en posición de defensa, odiándonos incluso, sin la apertura necesaria para el encuentro.

Como dijo Martin Luther King:  "Los hombres se odian porque se tienen miedo; tienen miedo porque no se conocen y no se conocen porque no se comunican". Los venezolanos hemos dejado de conocernos. Si no me cree conozca un poco de la vida de cualquier edificio de apartamentos del sur esta de Caracas y verá que allí ni se hablan entre vecinos.

Ante tal realidad, no cabe otra aspiración que la de derribar las falsas creencias y la de procurarnos una dirigencia que ante la opacidad muestre transparencia, ante la polarización, busque el encuentro, ante la división, sume voluntades y ante el caos, promueva el trabajo en equipo.  Si no hay una alternativa que rompa con la cultura de la desconfianza, el ciudadano seguirá en su orfandad, arrimado al poder instaurado.

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